Retiro beréber en el Atlas

Ceremonia del té beréber

Estoy sentada en mi escritorio escribiendo estas lineas aunque mi mente está en las altas montañas y en las frías noches del Atlas, pero a la vez tan cálidas y llenas de emoción y adrenalina. Podría cerrar los ojos y transportarme a ese momento en el que deseaba gritar de felicidad, sentada en una roca en lo alto del pueblo de Tifticht.

Mi viaje comienza en el aeropuerto de Marrakech (Menara) donde mi compañero en este y en otros viajes, Juan, me recoge en su 4×4 rumbo a la zona del Atlas.

Antes de nada y muy importante por el tipo de viaje que estamos realizando es ¿Qué llevaba en mi maleta?, importante porque el tiempo que nos acompaña es tan cambiante que podemos llegar a grados negativos durante la travesía y tengo que estar preparada para cualquier adversidad. Más importante aun es el equipo fotográfico que incluir en mi maleta para el viaje:

    • Dos cámaras (¡Siempre una de backup por lo que pueda pasar!)

    • 3 objetivos: 35mm 1.4, 24-70m, 2.8 y el 10-22mm 3.5

    • Accesorios: intervalómetro, mando a distancia, protector de lluvia (importantísimo por la climatología de la región)

    • Trípode araña (No he llegado a usarlo pero si hay espacio en la maleta puede venir bien para algunos momentos)

    • Saco de dormir para -18 grados de Mountain Warehouse, que me salvó la vida. Lo recomiendo al cien por cien.  

    • La ropa la llevaba puesta (suena mal, pero no había más espacio en la maleta y odio viajar con varias maletas).

    • Neceser indispensable (botiquín, cremas, tapones, etc)

    • Barritas energéticas, que me salvaron la vida (¡preparate para comer poco y a deshoras!).

Siempre que viajas, ten en cuenta que tienes que ir provisto de unas barritas #viajefotografico… Clic para tuitear

Llegamos al Atlas de noche y sin más tiempo que perder montamos la tienda de campaña que nos acompañará en las dos primeras noches del viaje, es indescriptible dormir en las montañas del Atlas en un saco de dormir (¡bendito saco para -18 grados!). Aunque parezca mentira y acostumbrada a dormir en una gran ciudad, cuesta conciliar el sueño, el silencio y los ruidos de las montañas consiguieron que no pegara ojo en toda la noche (por desgracia fue la tónica durante este viaje…)

Primer día… 

Al despertarnos (Juan, porque como he dicho yo ya estaba despierta…), el día estaba lluvioso y nublado haciendo que me  preocupara por las condiciones de luz que tenia para las fotos. Por suerte para nosotros las nubes empezaron a despejar pasadas un par de horas y tuvimos el honor de disfrutar del sol sobre el Atlas en nuestro primer día de viaje.

Es maravilloso conducir por las carreteras de montaña y más por las pistas (por llamarlo de alguna manera…), ya que a cada paso te encuentras con una situación fotográfica diferente.

Me fascina como viven, desprovistos de lujos, sin agua corriente ni calefacción en un invierno tan despiadado, y no hay que hablar de internet, supermercados u otro tipo de comodidades sin las que nosotros ya no podemos concebir una vida digna.

Viven del pastoreo y la agricultura, en los que se ve inmersa toda la familia, desde el más pequeño hasta el más mayor. Las mujeres se encargan de preparar el campo para el cultivo y recolectar los fardos de forraje que transportan con la ayuda de sus mulas, mientras que los hombres, además, cuidan de su rebaño en las montañas.

La cámara se empieza a quedar muy rápido sin batería, sólo son las dos de la tarde y no nos acordamos ni de comer (benditas barritas energéticas).

Llegamos a un pueblo alejado y un beréber del pueblo nos invita a tomar el té en su casa, como siempre en silencio (los ancianos del lugar no hablan mucho francés y nuestros conocimientos de beréber son casi nulos), el primer té, el segundo y el tercero… Nos enseña la casa y comemos una torta de pan con mantequilla casera y aceite de oliva (el mejor aceite de oliva de Marruecos está en esta región, doy fé!).

Lo que más admiro de los beréberes es su hospitalidad y sus ganas de ayudarte en todo lo que les pidas. Si alguna vez te pierdes o necesitas algo, aunque sea por señas, pide ayuda a un beréber, su hospitalidad es sin duda algo a envidiar en occidente

Nuestro anfitrión nos invita a dormir, pero queremos seguir avanzando por lo que le damos las gracias y salimos hacia nuestro siguiente punto, que no sabemos todavía cuál es.

Fotografia casa bereber

Resulta que no fue tan lejos, ya que nos paramos tantas veces a fotografiar y a disfrutar de los últimos rayos de sol que la noche nos ha empezado a amenazar en un pueblo no muy lejano, aunque de difícil acceso.

Preparamos la tienda bajo la atenta mirada de unos cuantos niños del pueblo que tímidamente nos hacían preguntas.

Finalmente nos vamos a pasear por el pueblo, descubrir a dónde nos llevan las caritas curiosas que han estando observándonos mientras organizábamos nuestro alojamiento.

Paisaje en el Atlas, Marruecos

Un beréber imponente nos invita a entrar en su casa y nos sienta en el salón en frente de una tele antigua. Esperamos a ver qué pasa y en unos breves instantes comienza el espectáculo de la preparación del aperitivo: las mujeres disponen la mesa bajita y redonda típica de esta zona, el barreño y el agua para lavarnos las manos, la bandeja del té con los vasitos y la tetera, los cuencos con aceite y mantequilla y las tortas de pan. Sin más preámbulos comenzamos a beber y a comer. En Marruecos es típico comer con las manos y compartir la comida directamente de los platos centrales.

Resulta curioso que los niños y la mujer no estén con nosotros, aunque desde el marco de la entrada, unas risitas ahogadas se escuchan de vez en cuando y unos ojos risueños y asombrados se asoman con gracia.

Entablar conversación en una sociedad extranjera, una de las mejores formas de descubrir su cultura… Clic para tuitear

Se me ocurre que podría entablar conversación con las niñas escondidas tras el marco si les trenzo el pelo. Dicho y hecho.

De repente, y por mi asombro, la niña mayor me arrastra con una euforia indescriptible hacia su habitación. En unos segundos, la habitación se llena de mujeres y niños, que todavía no consigo entender de dónde salieron. Tras trenzar el pelo a dos niñas, la madre me invita a entrar en la cocina (lugar de reuniones de las mujeres y los niños en estas noches tan frías). Me presento a todo el mundo extendiendo la mano a cada uno y me siento en frente de la chimenea humeante. Estaban preparando la cena para sus invitados (nosotros), un tajine de aceitunas y cebolla, lo más rico que había comido en dos días. Sigue el divertido interrogatorio en una mezcla de francés y beréber: de dónde vengo, cómo se llama mi familia, a dónde voy, cómo me cuido el pelo… Una vez más puedo comprobar que relacionarse con una sociedad extranjera no tiene barreras lingüísticas si estás dispuesto a ello.

Finalmente, y como era de esperar, también nos invitan a dormir (bendita hospitalidad beréber…). Pero preferimos volver a la tienda y despertarnos temprano para seguir nuestra ruta. Nos despedimos de nuestros anfitriones y nos vamos hacia nuestro alojamiento acompañados por Youssef que, inmerso en su profunda preocupación por nuestro bienestar (nevaba y hacía bastante frío…), se empeña en ver con sus propios ojos la comodidad de nuestra tienda. Una vez inspeccionado todo, nos da las buenas noches y se va.

Metida en mi saco de dormir voy recapitulando el día, no puedo creer que sólo haya sido uno. Han pasado tantas cosas y tantas emociones vividas, que soy incapaz de recordar en qué día me encuentro.

La noche se me vuelve a hacer pesada, no duermo, sigo pensando en todas las experiencias y en la ardua vida de los beréberes en el Atlas.

El día de las emociones contradictorias

Nieve en el Atlas

Pasan las horas, y se hace de día. Son las 6 de la mañana y está nevando con copos gigantescos ¡lo más bonito que veo en mucho tiempo! La tierra roja cubierta de una fina película blanca. Todo alrededor blanco, y en el horizonte se ve un punto bajando por la ladera de la colina. Es nuestro anfitrión que nos trae el desayuno a la tienda. ¡Increíble! Estoy cada vez más enamorada de estas tierras.

Como Juan lleva algo de ropa para los niños, volvemos a la casa para desayunar junto a ellos. De nuevo los pasillos se llenan de vida y aparecen las niñas (con las trenzas sin deshacer), desayunamos y nos despedimos. Tenemos que salir antes de que el camino se bloquee y nos quedemos atrapados por la nieve.

Para romper el hielo con los locales, lleva ropa para regalar a los niños. Una ayuda gratificante… Clic para tuitear

Ceremonia del te Marruecos fotografia

Nos espera otro día lleno de emociones.

Pasamos por varios poblados donde los niños hacen su aparición y no se despegan de nosotros durante toda la estancia, mientras que los mayores nos miran sigilosos desde sus puestos.

Uno de los pueblos que encontramos en el camino nos da una sorpresa alucinante: ancianas de piel curtida y tatuajes de simbología beréber. Aunque no he podido capturar ningún momento con la cámara, es un recuerdo que siempre guardaré. Un pueblo estancado en el tiempo, donde puedes sentir la magia de esta etnia milenaria en estado puro.

Me impacta que los niños tengan que recorrer kilómetros bajo la lluvia hasta la escuela más cercana, pero están tan felices y disfrutando de sus paseos en grupo que enseguida te das cuenta de que es su forma de vida y lo que les diferencia del mundo que se encuentra más allá de las montañas.

El día se vuelve muy frío, lluvioso y el cansancio empieza a asomar. El frío me llega hasta los huesos y no puedo pensar más que en una fuente de calor. Intento concentrarme para dejar de temblar, pero tengo los pies como bloques de hielo, como unos icebergs en Groenlandia. Me enfado conmigo misma por no haber buscado mis botas de invierno y haber salido de viaje con las de verano, pero ya no hay nada que hacer. Vuelvo a pensar en fuego, en una manta, en la chimenea, en una taza de té, en el vapor y el calor del té… té. De repente, la voz de Juan me saca del trance:

– Vamos a parar en Ait Tamlil para tomar algo caliente y conectarnos a Internet para revisar nuestros correos.

– ¡Sí! Algo caliente…

Paramos para reponer fuerzas en un restaurante donde nos pedimos unas tortillas y café con leche. Ahora paro a recordar el sitio, pero sólo me acuerdo de haber pasado ratos mirando el café y absorbiendo los vapores calientes. Que entraban hombres del pueblo y me miraban de reojo, que estaban las puertas abiertas y no ayudaba con el frío, pero que no me importó porque el vasito fue como un arcoiris y me puse a contemplar la vida  a mi alrededor a través de ese cristal templado.

Juan me vuelve a sacar de mi trance. Pagamos y nos volvemos a poner en marcha. Por la noche llegamos al albergue de Toufrine donde el señor Mohamed nos espera con un rico té y un tajine de cordero. ¡Por fin una cama y una ducha caliente! Son cosas que no aprecias verdaderamente hasta que no las dejas de tener.

Primera noche en la que caigo redonda y me doy cuenta de que el sueño también es algo que no aprecias hasta que dejas de tenerlo.

El día del grito de la felicidad

Me despierto feliz porque he podido dormir y, además, por la ventana se atisba un rayo de sol. Un amanecer que posiblemente haya pasado por todo el espectro del arco iris, de nuevo no hay captura con la cámara, sólo está grabado en mi retina.

Después de otro estupendo desayuno salimos hacia nuestro primer encuentro con beréberes de alta montaña. Tenemos suerte y nos encontramos una escuela que nos permite pasar a la clase. Me recordó a mi infancia, los niños leyendo al unísono en sus libros de papel envejecido y descolorido. Nada más vernos se quedaron boquiabiertos y curiosos salieron a contemplar el espectáculo de dos seres extraños que pululan por los alrededores, algo que no suele suceder muy a menudo.

El desayuno beréber es muy calórico y enérgico #viajefotografico #atlasretreat Clic para tuitear

En ese momento ocurrió lo que siempre he querido en mi vida fotográfica, y es encontrar a mi musa. La niña mas fotogénica del mundo y de ojos espectaculares, expresivos, cariñosos. Experimenté un momento de júbilo que nunca antes había sentido, no podia parar de mirarla y de fotografiarla, pero hay que saber cuándo es momento de parar.

Dejamos a nuestra musa y nos adentramos en el pueblo, que parece sacado de un cuento o de Nepal… no me imaginaba que Marruecos tuviera tantas facetas. Los picos nevados contrastando con los árboles verdes, las casas rojizas y los vivos colores de la vestimenta. Me siento en lo alto de una roca, me tumbo al sol y voy recapitulando cada día y cada experiencia. Me encuentro tan feliz que tengo ganas de gritar (aunque no lo hago para no asustar a las caras curiosas que me miran desde el camino enlodado). Me quedo allí sentada, cómoda, reflexionando y respirando hondo. Siento que con cada bocanada de aire fresco me llevo un pedacito de paz de esta aldea que cuelga solitaria de la pendiente.

Es hora de volver, así que voy en busca de Juan. Para mi asombro (aunque creo que a estas alturas ya es hora de dejar de asombrarme), le encuentro charlando con los mayores del pueblo en frente de una tienda, probablemente la única tienda. Acabamos entrando y tomando el té con ellos. Nosotros aprovechamos para capturar ese momento de la forma más creativa posible. La luz se colaba por la única entrada diminuta. ¡Espectacular! Además, combinada con los marrones de la vestimenta, nos ofrece una fotografía perfecta de luces y sombras. La llegada del té representó el punto culminante de este encuentro, ya no hay remedio, me he enamorado perdidamente del Atlas.

Ceremonia del té beréber

Dejamos atrás a nuestros nuevos amigos y bajamos por la ladera de la montaña, ahora mucho más temible. Una bajada escurridiza y empinada en una pista tan estrecha que apenas cabía el 4×4.

Llegamos a Magdaz y nos disponemos a cruzar el río a píe. Es increíble como a cada paso nos encontramos situaciones que no podemos dejar de fotografiar. Mientras repaso mentalmente las piedras por las que tengo que brincar, un niño beréber de túnica naranja tierra va y viene unas cuantas veces. Finalmente reúno valor y salto, en unos segundos llego a la otra orilla sin sufrir ninguna salpicadura de agua y con la cámara ilesa. Recorremos el río hasta llegar a la parte alta del poblado. Se nos abren unas vistas espectaculares sobre un pueblo que podría pertenecer al patrimonio de la UNESCO muy pronto.

Mientras recorremos el pueblo en busca de situaciones inéditas, nos encontramos con dos niños que están lavando sus tablillas del Corán en frente de una escuela. Seguidamente corren hacia el interior y los perdemos de vista. Nos quedamos un buen rato para ver si se nos presenta la ocasión de entrar a la escuela, esta vez ha sido imposible.

Es hora de seguir nuestro viaje y tenemos que decidir, hacia Ouarzazate o hacia Demnate. Decidimos que ya son suficientes días de frío, además el tiempo se anunciaba cada vez peor y no nos viene mal una cama y una ducha caliente, por lo que partimos hacia Ouarzazate para alojarnos en el hotel Dar Kamar.

El viaje ha resultado fascinante, la nieve empezó a caer cada vez más densa y al llegar al puerto el paisaje se había inundado de un blanco inmaculado. ¡Mi primera nieve en mucho tiempo, y en Marruecos!

Al acercarnos a Ouarzazate, el cielo se comienza a despejar y aprovechamos el momento para realizar una fotografía nocturna de la Kasbah de Timatdit, a unos kilómetros de Ouarzazate.

Acabamos el día en Dar Kamar, un maravilloso hotel en la Kasbah de Taourirt. Si te alojas en esta zona lo recomiendo totalmente. Un hotel con mucho encanto y una atención exquisita.

Después de la cena llega el momento del visionado en el que hago mi primera criba, pero lo tengo que dejar porque con el comfort ha llegado también el cansancio. Mi último día en Marruecos será muy largo, así que tengo que descansar al máximo.

El día de regreso

Me despierto pronto por la mañana y disfruto del desayuno en el restaurante tan chic del Dar Kamar. Desde la terraza tengo unas vistas de Ouarzazate que me dejan sin aliento. Podría decir que es uno de los mejores amaneceres que he visto.

Este día es una aventura en su totalidad. Tengo que irme sola, en bus de línea, a Marrakech y allí encontrar alguna forma de llegar al Aeropuerto. Parece complicado en un país en el que no hablas el idioma y no sabes leer, pero más fácil imposible. La compañía CTM tiene líneas directas a Marrakech que tardan 5 horas en un bus moderno y por 85 dirhams. Una vez en Marrakech, la opción más rápida es el taxi. Para ir al aeropuerto tienen una tarifa fija de 70 dirhams, pero se puede regatear. Encontré un taxista de confianza que por 30 dirhams me llevó a la puerta de salidas. Si os resulta de interés, su nombre es Youness y su teléfono 002120602438869 (atiende Viber y Whastapp, trabaja en la zona del aeropuerto). 

Como he llegado muy pronto, me toca esperar varias horas. Tiempo para reflexionar sobre cada momento del viaje, cada emoción y cada experiencia. Me quedo con la amabilidad de los beréberes, con la comida y con mi musa de Tifticht.

Pronto volveré a Marruecos a encontrarme con los beréberes del desierto y poder enseñar otra faceta del Marruecos tan desconocido por muchos.